HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA DE 1936

Las colectividades anarquistas campesinas durante la Guerra Civil Española

Colectividad en España.

 La colectividad, en España, era cada una de las instituciones económico-sociales que inspiradas en los principios anarcosindicalistas. Se formaron durante la situación revolucionaria que acompañó a la guerra civil en diversos puntos de la geografía española. Cuatro de los casos más conocidos fueron las empresas colectivizadas en la ciudad de Barcelona, las colectividades agrarias de Aragón, las de la Comunidad Valenciana y las de la Región de Murcia.

En Barcelona las colectividades ejercieron un papel de gestión similar a las cooperativas, sin patronos, al ser controlado todo por sus propios trabajadores. Servicios de la ciudad como los transportes urbanos fueron gestionados por colectividades. En el campo de Aragón, la Comunidad Valenciana, Región de Murcia y otros puntos de la geografía española, las colectividades agrarias ejercieron de comunas; al papel empresarial, se le unió el de institución que sustituía a los poderes locales de los municipios en los que se creaban, llegando en muchos casos a abolir el dinero y la propiedad privada (unos de los principios de la sociedad anarquista socialista). Algunas de las colectividades aragonesas más significativas fueron las de Alcañiz, Alcorisa, Calanda, Fraga o Valderrobres. A mediados de febrero de 1937 se realizó en Caspe un congreso cuyo propósito era crear una federación de colectividades al que acudieron 500 delegados en representación de 80.000 colectivistas aragoneses. A lo largo del frente de Aragón el Consejo de Aragón de influencia anarquista y presidido por Joaquín Ascaso había asumido el control de la zona. Tanto el Consejo de Aragón como estas colectividades no estaban bien vistas desde el gobierno de la República, por lo que el 4 de agosto el Ministro de Defensa Nacional, Indalecio Prieto, cursó órdenes al Ejército y la 11.ª División del comandante Enrique Líster fue enviada de “maniobras” a Aragón, disolviendo el Consejo de Aragón el 11 de agosto. .

En la Comunidad Valenciana se creó por iniciativa libertaria el CLUEA (Consejo Levantino Unificado de Exportación de Agrios) que comerciaba con diversos países de Europa, también de tipo campesino numerosas localidades y en la ciudad de Elche llegando a una total socialización de sus industrias y comercios.

Colectividad y cooperativa.

La Confederación Nacional del Trabajo prefiere utilizar el término colectividad o socialización sobre cooperativa como quedó reflejado en el acta de su V Congreso celebrado en 1979, por pensar que el primero es más próximo a la idea original del colectivismo.

La terminología cooperativa de producción y consumo empleada en la mayoría de los acuerdos de los sindicatos que las apoyan, hacen a continuación matizaciones de funcionamiento y fines, que nos dan pie para identificarlas con el contenido colectivista propio del movimiento anarcosindicalista. Por lo que adoptamos como definición para todos los casos el término COLECTIVIDAD DE PRODUCCIÓN Y CONSUMO. […] Por lo tanto rechazamos el cooperativismo, cuya dinámica lleva a la integración en la sociedad capitalista creando nuevos empresarios. […] Las colectividades de producción y consumo que actualmente puedan crear no tienen que ser consideradas como medio directo y absoluto para alcanzar la emancipación de los trabajadores. Estas pueden servir como medio indirecto para aliviar nuestros problemas adquisitivos y por otro lado llevar a la práctica unas realizaciones en las que se demuestre la capacidad de autoorganización de los trabajadores, eliminando a los intermediarios, almacenistas, especuladores, etc.

Acta del V Congreso de la CNT

Las colectividades durante la Revolución española.

Colectividades agrarias.

Se trataba de un régimen de trabajo colectivo en el que se expropiaban las tierras de los aristócratas y terratenientes, que se juntaban con las tierras de los colectivistas que poseían algo de terreno. También se juntaban animales, herramientas y sobre todo, el trabajo, que a partir de entonces ya se haría colectivamente, por turnos o bien controlado por el comité de la colectividad. Se realizaban asambleas periódicas para controlar lo que estaba haciendo la colectividad. Y de cara a afuera se negociaba con otras colectividades y se fomentaba el intercambio.

En muchas aldeas y pueblos se llegó incluso a abolir el dinero y sustituirlo por vales firmados o sellados por los comités. Aunque algunas colectividades tuvieron problemas con las autoridades republicanas (la 11ª División de Líster entró en Aragón para disolverlas en agosto de 1937), otras, como las de Castilla, Región de Murcia o Andalucía, pudieron funcionar con más o menos fortuna hasta 1939, cuando las disolvieron las tropas franquistas.

Contexto social.

Distribución de la riqueza global del suelo español
Tierras de cultivo anual 15.729.839 hectáreas
Barbecho 5.400.000 hectáreas
Total tierra cultivada 21.129.839 hectáreas
Prados, dehesas y montes 23.642.514 hectáreas
Total de tierra productiva 44.772.353 hectáreas
Superficie total de España 50.510.210 hectáreas
Principales latifundios y sus propietarios
Ducado de Medinaceli 79.147 hectáreas
Ducado de Peñaranda 51.016 hectáreas
Ducado de Villahermosa 47.016 hectáreas
Ducado de Alba 34.455 hectáreas
Marquesado de la Romana 29.097 hectáreas
Marquesado de Comillas 23.720 hectáreas
Ducado de Fernán Núñez 17.733 hectáreas
Ducado de Arión 17.667 hectáreas
Ducado de Infantado 17.171 hectáreas
Condado de Romanones 15.132 hectáreas
Condado de Torres Arias 13.645 hectáreas
Condado de Sástago 12.629 hectáreas
Marquesado de Mirabel 12.570 hectáreas
Ducado de Lerma 11.879 hectáreas
Fuente: Benjamín Cano Ruiz y José Viadiu,
El colectivismo agrario en la Revolución Española

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La tónica del latifundismo en el campo español, heredero del caciquismo decimonónico, propició una amplia inquietud entre el campesinado. Las desamortizaciones del siglo XIX no habían conseguido modificar sustancialmente la estructura de la propiedad del suelo y el proceso de reforma agraria de la República no había colmado las expectativas de cambio. De esta manera, a raíz del alzamiento de sectores conservadores del ejército el 18 de julio de 1936, se inició un proceso revolucionario en el que los campesinos expropiaron a los terratenientes y organizaron comunidades autogestionadas basadas en la propiedad colectiva de los medios de producción. A este fenómeno se le ha llamado colectivización.

Las colectividades se creaban a través de distintos medios. En los lugares donde los sublevados contra la República no habían triunfado, los ayuntamientos o los propios campesinos iniciaban la colectivización.

Usualmente, eran los militantes de la CNT o de la FAI quienes llamaban a asambleas generales en los pueblos y pugnaban por la colectivización. […] En estas asambleas, la gente voluntariamente ofrecía la tierra, instrumentos y ganado que poseyera. A estos se añadía la tierra que se hubiera expropiado a los grandes terratenientes. “Las personas que no tuviesen nada que entregar a la colectividad eran admitidas con los mismos deberes y derechos que el resto”. Rápidamente, casi los dos tercios de la tierra en las áreas controladas por las fuerzas anti-fascistas, habían sido tomadas y colectivizadas. En total, cerca de cinco o siete millones de personas estaban involucradas.

Deirdre Hogan, Las colectividades anarquistas campesinas durante la Guerra Civil Española

En los pueblos en los que los sublevados había triunfado el avance de las columnas de milicianos de la Confederación Nacional del Trabajo propiciaba las colectivizaciones, siguiendo la tesis de que guerra y revolución eran inseparables.

¿Habéis organizado ya vuestra colectividad? No esperéis más. ¡Ocupad las tierras! Organizaos de manera que no haya jefes ni parásitos entre vosotros. Si no realizáis eso, es inútil que continuemos hacia adelante. Tenemos que crear un mundo nuevo, diferente al que estamos destruyendo.

Buenaventura Durruti

Este tipo de colectivizaciones no fue tan voluntaria como las anteriores.

En otros pueblos era el sindicato el que organizaba la colectividad. Esto ocurría cuando el pueblo había caído inicialmente en manos de los insurgentes y la milicia (generalmente una división comandada por un líder anarquista) lo recobraba para la República. La administración o gobierno impuesto por los sublevados era suprimido y la milicia creaba la colectividad a través del sindicato. Casanova sostiene1 que ese era el procedimiento habitual en Aragón, controlado por los anarquistas de Barcelona. Por lo tanto, esta vez la colectividad no era voluntaria y aunque algunos anarquistas no aprobaban el uso de la violencia, se permitía en estos casos: (La minoría anarquista) creyendo llegada la hora de las grandes realizaciones, no se resigna a que la mayoría no comprenda la bondad de sus intenciones y, consciente de que se orienta hacia el bien común, no vacila en imponerse a todos. Sin contemplaciones retiene en sus manos la tierra incautada, los aperos de labranza, las cuentas corrientes, las cosechas. No se emplea ningún procedimiento conforme a las normas del derecho, ni se respetan las reglas que son propias de toda democracia. No hay libertad de elección o hay solo una libertad aparente. Se ha de aceptar la colectivización a todo trance y quien no la acepte debe ser tratado como enemigo.2

Rocío Navarro Comas, Las colectividades agrarias en los folletos anarquistas de la Guerra civil española

Organización.

En Aragón se formaron colectividades agrarias que se estructuraban por grupos de trabajo de entre cinco y diez miembros. A cada grupo de trabajo, la colectividad le asignaba un trozo de tierra para trabajar del que era responsable. Cada grupo elegía un delegado que representaba sus opiniones en las reuniones de la colectividad. Un comité de gestión era responsable del funcionamiento cotidiano de la colectividad. Este comité se ocupaba de la obtención de materiales, efectuaba intercambios con otras áreas, organizaba la distribución de la producción y se encargaba de las obras públicas que fuesen necesarias. Sus miembros eran elegidos en asambleas generales en las que participaban todos las personas que integraban la colectividad.

Referencias.

  1. Julián Casanova, Anarquismo y revolución, p. 119.
  2. Higinio Noja Ruiz, Labor constructiva (AHN-SGC, F-274).

Bibliografía.

Enlaces externos.

LAS COLECTIVIDADES ANARQUISTAS CAMPESINAS DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Las colectividades anarquistas campesinas durante la Guerra Civil Española

Mucha gente, al escuchar sobre anarquismo, consideran el pensar una sociedad basada en principios anarquistas como irreal, idealista e ingenuo- como la visión de unos cuantos soñadores. Dada la visión homogénea del mundo, presentada en los medios, resulta muchas veces difícil para la gente el imaginar una sociedad en la cual instituciones universalmente aceptadas, tales como el Estado, el sistema judicial, la policía, ejércitos, y naciones, ya no existan.

Para echar un vistazo de cómo tal sociedad podría funcionar, resulta útil estudiar la revolución social que tuvo lugar en España en 1936, cuando, en un período de dos años, el pueblo tomó el poder en sus propias manos y comenzaron la construcción de una sociedad completamente diferente, basada en los principios anarquistas.

Las ideas anarquistas venían ganando terreno en España desde la segunda mitad del siglo XIX. La CNT, sindicato anarcosindicalista, fue formada hacia 1910 y era muy poderosa para 1936, cuando contaba con 1.5 millón de miembros. Para ese entonces, las ideas anarquistas se encontraban fuertemente arraigadas en la mente de los campesinos. De hecho, la colectivización ya había comenzado en algunas zonas rurales antes de la revolución.

El 17 de Julio se produjo un Golpe Militar en el lado español de Marruecos que al día siguiente ya se había extendido a la península. En las ciudades y en los villorrios los trabajadores se habían organizado para derrotar el levantamiento militar, y gracias a su iniciativa y coraje, el alzamiento fascista fue detenido en las tres cuartas partes de España. Este pueblo, sin embargo, no sólo luchaban para vencer el intento de los fascistas por conquistar el poder, estaban también luchando por un nuevo orden social en España.

Tan pronto como los fascistas fueron derrotados, se constituyeron milicias obreras independientemente del Estado.Las fábricas en las ciudades fueron ocupadas por los obreros, y en las zonas rurales las tierras de los fascistas en retirada y de sus simpatizantes fueron tomadas. En las áreas rurales de la zona republicana, bajo la influencia de los militantes de la CNT y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica), fue donde la colectivización llegó más lejos. Usualmente, eran los militantes de la CNT o de la FAI quienes llamaban a asambleas generales en los villorrios y pugnaban por la colectivización.

En estas asambleas, la gente voluntariamente ofrecía la tierra, instrumentos y ganado que poseyera. A estos se añadía la tierra que se hubiera expropiado alos grandes terratenientes. “Las personas que no tuviesen nada que entregar a la colectividad eran admitidas con los mismos deberes y derechos que el resto” . Rápidamente, casi los dos tercios de la tierra en las áreas controladas por las fuerzas anti-fascistas, habían sido tomadas y colectivizadas. En total, cerca de cinco o siete millones de personas estaban involucradas.

LA ESTRUCTURA ORGANIZATIVA Y DE PODER EN LAS COLECTIVIDADES

La unidad más pequeña en la colectividad era el grupo de trabajo, frecuentemente de entre cinco y diez miembros, pero algunas veces de más. Todos en la colectividad estaban obligados a trabajar, siempre que les fuese posible hacerlo.

“La colectividad era la comunidad de trabajo libre de los pueblerinos…. el grupo podía consistir de amigos, o de vecinos de una determinada calle, o de un grupo de pequeños campesinos, inquilinos, o jornaleros “.

A cada grupo, le era asignada tierra por la colectividad, y luego eran responsables del cultivo de esta tierra. En cada grupo, era elegido un delegado el que, a la vez que trabajaba junto a sus compañeros la mayor parte del tiempo, también representaba la opinión de su grupo en las asambleas de la colectividad. En algunas colectividades existió una Comisión Administrativa que se reunía con los delegados de cada grupo de trabajo y trazaba el plan de trabajo para el día siguiente.

La comisión administrativa o comité de gestión, era responsable del funcionar cotidiano de la colectividad. “Cuidaban de la obtención de materiales, del intercambio con otras áreas, de la distribución de la producción y de los trabajos públicos necesarios, tales como la construcción de escuelas “. Los miembros del comité de gestión eran elegidos en asambleas generales de todos los participantes de la colectividad. La asamblea general de colectivistas era soberana a la hora de la toma de decisiones importantes.

También fueron creadas federaciones de colectividades. En Aragón, donde existían unas 450 colectividades que abarcaban medio millón de personas, existió la más exitosa de las federaciones. Aquí se establecieron federaciones por distrito y regionales. Las colectividades de una misma área se unían para formar federaciones por distrito, compuestas por delegados elegidos en cada una de las colectividades. Las federaciones por distrito mantenían las bodegas para almacenar la producción agrícola de las colectividades. También eran responsables de la comunicación y del transporte entre villas federadas, y apoyaba el progreso cultural en el área.

Las federaciones regionales, tales como la Federación Regional de Colectividades Aragonesas y la Federación Regional de Campesinos, también eran compuestas de delegados de las colectividades. Estas federaciones se creaban para varios propósitos. Establecían equipos técnicos para mejorar la producción agrícola y ganadera; para capacitar a los más jóvenes; para llevar las estadísticas de producción; para crear reservas regionales; y para ofrecer créditos y ayuda, sin interés, a las colectividades.

Todo esto tuvo lugar con la iniciativa del campesinado. Si bien el gobierno existía, no tuvo ningún poder en esto. “Estaba desligada de los órganos represivos del Estado. El poder se había dividido en innumerables fragmentos y esparcido en miles de ciudades y villorrios entre los comités revolucionarios que habían tomado el control de la tierra y de las fábricas, de los medios de transporte y comunicaciones, de la policía y del ejército. La lucha militar, económica y política se desarrollaba independientemente y pese al gobierno “

LA VIDA COTIDIANA

En numerosas colectividades el alimento y otras provisiones para el consumo local, eran almacenados en iglesias, que constituían bodegas ideales. Los métodos para la distribución local variaban de colectividad en colectividad. En algunas colectividades se introdujo el salario familiar. En otras, los miembros de la colectividad decidían el pago de un salario a cada persona fijado por la colectividad. El pago se establecía en función de las necesidades de la persona y no de las horas trabajadas.

Otras colectividades abolieron la moneda estatal, y podían usar su propia moneda local, o bien la reemplazaban por “fichas” o “cupones” intercambiables por bienes.

A menudo, los miembros de una colectividad podían tomar de ciertas provisiones, tales como pan, verduras, frutas y en ciertos casos, vino (Muniesa) e incluso tabaco (Beceite), tanto como necesitasen sin restricción. Las colectividades operaban sobre la base de “a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”.

En todas la colectividades, los artículos escasos eran racionalizados. “Todos, ya fuesen aptos para el trabajo o no, recibían lo necesario para vivir en la medida en que la colectividad pudiera hacerlo “. La edad para trabajar iba entre los 14 y los 60 años. Los días que se estuviera enfermo, eran contados como días trabajados. Se cuidaba de los ancianos y cuando era necesario, se construían casa especiales para ellos.

EL ROL DE LAS MUJERES EN LAS COLECTIVIDADES

“Las mujeres solteras trabajaban en talleres colectivizados o en ramas de las cooperativas de distribución. Las mujeres casadas, retenidas por las labores hogareñas, estaban libres de estas obligaciones, pese a que en tiempos de necesidades también contribuían con su actividad. A las mujeres embarazadas se les otorgaba una especial consideración. Todas trabajaban acorde a sus capacidades físicas .”

Donde sea que las colectividades optaran por pagar en forma de salario, al parecer a las mujeres se les habría pagado universalmente menos que a los hombres. De hecho, pese a que las mujeres jugaran un rol extremadamente activo en las ciudades durante la revolución, el rol tradicional de la mujer en el campo pareciera no haber cambiado drásticamente. Esperamos poder tratar con más detalle el tema de las mujeres en las colectividades españolas en el próximo número.

EL TRATO HACIA LOS “INDIVIDUALISTAS”

A diferencia de la Rusia soviética, la colectivización no fue un proceso forzado y a aquellos que no querían unirse a las colectividades se les permitió mantenerse al margen bajo una condición: podían mantener sólo la cantidad de tierra que ellos y su familia pudieran trabajar sin emplear a nadie para que hiciera el trabajo por ellos. La gente que rechazaba unirse a las colectividades eran llamados “individualistas”.

Manteniendo el principio anarquista de que no hay libertad hasta que todos sean libres, la gente sostenía que la participación en las colectividades debía ser siempre voluntaria. Los colectivistas eran lejos la mayoría en el campo, y sin embargo, hacían especiales esfuerzos por respetar la opción de los individualistas y no se les condenaba. En muchas áreas los individualistas, persuadidos por el ejemplo de

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las colectividades, eventualmente se unían a las colectividades de forma voluntaria y su número declinaba.

Los individualistas muchas veces se beneficiaban de la colectividad. En Calanda, por ejemplo, recibían electricidad gratis y no se les cobraba renta. También pagaban bajos precios por los bienes que adquirían de la colectividad.

EL TRIUNFO DE LA LIBERTAD

El objetivo de las colectividades era “producir colectivamente y distribuir con justicia para todos el producto del trabajo” . Con la abolición de la propiedad privada, una profunda transformación sobrevino en la mentalidad de la gente. La forma en que obraron los colectivistas durante este período muestra que la excesiva ambición que es evidente en la actual sociedad capitalista no es una parte inherente a la naturaleza humana.

Las comunidades no se interesaban en poseer más tierras puramente por el hecho de incrementar sus dominios, sino que al contrario, querían sólo aquella tierra que pudieran trabajar ellos mismos. Había un gran sentido de la solidaridad entre las diferentes colectividades. Por ejemplo, 1.000 colectivistas de Levante, que estaba bastante desarrollada, fueron a Castilla a echar una mano. Los colectivistas también enviaban comida y provisiones regularmente al Frente así como a las ciudades.

Los colectivistas en Alabate de Cinca, enviaban a la ciudad aún no conquistada de Madrid en Marzo de 1937 lo que sigue: diez cerdos vivos, 500 kilos de tocino, 87 pollos, 50 conejos, 2.5 toneladas de papas, 200 docenas de huevos, verduras y varias decenas de chivos . “No hubo ningún requerimiento de pago o requisición por los militares” . A los refugiados que huían de las áreas conquistadas por el avance fascista, se les cuidaba en las colectividades que aún quedaban.

Con la creación de las colectividades, la gente dejaba de competir unas con otras. También se veían libres de seguir órdenes patronales, de trabajar tierra ajena por unas cuantas monedas, sino que al contrario, tenían control sobre su tierra e igual peso en cualquier decisión importante respecto a la organización del trabajo y al manejo de los recursos. Así, liberados, la iniciativa y el entusiasmo de los campesinos españoles no conocía límite. “La colectivización tiene todas las ventajas de la libre cooperación: el trabajo colectivo humano. La libertad y la igualdad son sus fundamentos.”

Se emplearon nuevos métodos de cultivo. Se establecieron granjas experimentales. Se utilizaron recursos para la modernización de las granjas y para la obtención de nueva maquinaria. Las comunidades ganaron mucho con hacer comunes sus recursos. Los consejos técnicos de expertos eran suministrados por la Federación Regional. Además se prescindió de los parásitos intermediarios, así como de la burocracia y de los otros mecanismos de control necesarios para la manutención del sistema capitalista.

La producción se incrementó grandemente en las colectividades. En algunos casos, las cosechas se incrementaron en más de cinco veces respecto de su nivel en el período pre-revolucionario. En Alcoriza, los colectivistas establecieron una fábrica de cecinas en un viejo convento. “La producción diaria ha alcanzado los 500 kilos. Esta producción es enviada a las milicias anti-fascistas. También han construido una fábrica de zapatos en donde se produce cuero y se manufactura calzado, no sólo para los residentes del villorrio, sino también para las comunidades circundantes “.

En ninguna colectividad existía el desempleo. Este era un gran cambio en la vida de la España de antes de las colectividades, en donde los campesinos podían estar cesantes por medio año.

A los colectivistas no sólo les preocupaba su bienestar material. Estaban profundamente dedicados a la educación y durante este período se establecieron muchas escuelas, basadas en los métodos de Francisco Ferrer, el mundialmente famoso educador anarquista. Como resultado de sus esfuerzos, muchos niños recibieron educación escolar por primera vez.

En Calanda, “la escuela es el programa destacado del villorrio. Sigue la filosofía y la línea de Francisco Ferrer. 1233 niños asisten a la escuela. Está construida en un antiguo convento. Los niños más adelantados son enviados al Liceo de Capse. La colectividad corre con los gastos” . La Federación de Juventudes Libertarias, en particular, eran muy activas en la agenda cultural, instalando bibliotecas, cines y centros comunitarios.

La iniciativa de los campesinos se aprecia claramente en los usos originales que dieron a las antiguas iglesias. Éstas se convirtieron en cines, cafés, carnicerías, talleres de carpintería, hospitales, fábricas de pastas, y en un caso, en barracas. Quizás uno de los ejemplos más típicos del nuevo rol de las iglesias en la colectividad, es el uso dado a la antigua iglesia de Alcaniz:

“Los curas se fueron. La iglesia no fue quemada . Sirve de bodega para la colectividad. Las diferentes secciones están marcadas en los pilares: zapatos y sandalias por aquí; jabón y otros útiles de aseo; carnes y cecinas; conservas y otras provisiones; telas y ropas. Las papas eran almacenadas cerca del altar principal….

Se han instalado oficinas. No se puede obtener nada con dinero, sino que sólo con cupones. La gente recibe lo que pide y queda registro de esto en el libro de cupones. El público entra por la puerta principal. Las puertas laterales son utilizadas para el reparto de provisiones. La iglesia es el mercado local.” .

La Revolución Española es única en la historia, al ser la única oportunidad en que las masas pusieron conscientemente las teorías anarquistas en práctica. Pese a que las colectividades no tuvieron oportunidad de desarrollarse plenamente y que no eran perfectas, tuvieron, sin embargo, un gran éxito mientras duraron. Demostraron como la gente común y corriente eran perfectamente capaces de organizar una sociedad justa y eficiente, dadas las condiciones correctas. Los campesinos y obreros de España demostraron que el anarquismo es posible.

 

Las colectividades anarquistas.

Durante la Guerra Civil Española, en la zona republicana, especialmente en Cataluña, Levante y Aragón, tuvo lugar una importante práctica autogestionaria; puede considerarse uno de los experimentos sociales más importantes del siglo XX.

Las colectividades no tuvieron su origen en el Estado, ni en los partidos políticos, ni en vanguardia alguna, sino  que fueron producto de la voluntad popular. Tal y como dijo Abad de Santillán, los órganos de la CNT o de la FAI no marcaron ninguna directriz, la reactivación de la industria, de los servicios, de las tierras, fueron obra de una completa espontaneidad en la que se establecieron nuevas bases. En cada lugar de trabajo, se formaron comités administrativos y directivos formados por los trabajadores más capaces y dignos de confianza. A las pocas semanas del inicio del conflicto, existía ya una economía colectivista vigorosa con una regulación del trabajo y de la producción verdaderamente obrera y campesina. Los medios de producción estaban en manos de los trabajadores.

Puede decirse que, aunque la espontaneidad fuera un factor importante, el éxito de las colectividades descansaba en largas tradicionales comunitarias del pueblo español. Aunque secundadas en ocasiones por la UGT y otros grupos y personalidades republicanos, fueron la CNT y el movimiento libertario los que aseguraron la creación de las nuevas formas de organización económica y social. Gaston Leval, autor de una las obras más importantes sobre el tema, Colectividades libertarias en España, afirmó que los logros del movimiento anarquista no hubieran tenido lugar si no hubieran estado en sintonía con la psicología profunda de, al menos gran parte, de los obreros y campesinos. Otro autor, Daniel Guerin en El anarquismo, dijo que la colectivización no tuvo imposición alguna ni derramamiento de sangre; los campesinos y pequeños propietarios que no quisieron unirse a la obra fueron respetados, aunque luego mucho de ellos se integraron a la colectivización al comprobar las ventajas de la misma. Incluso, se respetaron los derechos de las personas que no se integraron y pudieron utilizar algunos de los servicios de las colectividades.

Recordando las propuestas del anarquismo clásico, hay que decir que la estructura de las colectividades no fue homogénea; algunas estaban cerca del comunismo (se suele poner el ejemplo de la de Naval, en Huesca), pero la mayoría respondieron más al colectivismo. Si en algunas, se abolió la moneda oficial y se crearon bonos equivalentes para el intercambio (más en pueblos de Aragón), en otras se siguió empleando aquella (Levante, Cataluña y Çastilla). En cualquier caso, al margen de las diferencias, lo que prevalecía en las colectividades eran los valores libertarios: solidaridad, apoyo mutuo e igualdad. Se practicaba la fraternidad en beneficio de la colectividad y cada persona debía contribuir al trabajo en la medida de sus fuerzas.

Las colectividades más ricas ayudaban a las más pobres a través de una Caja de Compensación, regional o comarcal, que se encargaba de contabilizar los ingresos de cada obra colectivizada. Estas Cajas, eran administradas por personas nombradas por la asamblea general de delegados de las colectividades. Diversas obras, como las nombradas, recogen los importantes números de estas Cajas, cuyos fondos se obtenían con el producto de la venta de los excedentes de las colectividades más prósperas. Todos los recursos, utensilios, maquinarias y técnicos, estaban al servicio de las diversas colectividades de cada región; no existía aislamiento alguno, sino una importante red solidaria que también unía eficazmente la ciudad y el campo. La obra colectiva y autogestionada, como es lógico, no fue completa; gran parte de la economía quedó al margen de la obra colectivizadora, aunque hay que decir que en esos casos existía al menos cierto control obrero (en bancos y empresas extranjeras, por ejemplo).

Si hablamos de colectivización agraria, la misma tuvo su centro en Aragón y Levante; en menor medida, en Cataluña. En Caspe, el 14 y 15 de febrero se constituyó la Federación de Colectividades de Aragón. Puede hablarse de un 40% de población rural que formaba parte de las colectividades. Las más numerosas y sólidas, en cuanto a solidez de su sistema, fueron las de la región valenciana. En Castilla, se formaron unas 300 colectividades. Puede hablarse de un gran éxito en la autogestión agraria si nos atenemos a los números: las cosechas experimentaron un aumento del 30 al 50%. El régimen colectivista agrario era más integral e intenso que en el caso de las colectivizaciones urbanas e industriales, seguramente por la intervención del sindicato en estos últimos casos; en el caso agrario, hubo una mayor independencia y había cabida para todos lo que quisieran integrarse.

En el caso de las colectivizaciones industriales y de servicios, su foco principal lo tuvieron en Cataluña, aunque hubo también en otras zonas del país. La fábricas de más de 100 obreros fueron socializadas y las de más de 50 también podía hacerse, si así lo pedían tres cuartas partes de la plantilla. En Cataluña, la obra colectivizadora abarcó, además de la agricultura, los sectores más importantes de la industria y los servicios; hay que destacar la notable industria dirigida a la guerra, cuya producción era la menos diez veces mayor que en el resto de la España republicana.

Desgraciadamente, las colectividades despertaron desde el principio el recelo de un gran sector del bando republicano, desde los partidos burgueses hasta el socialista. La mayor hostilidad la tuvieron los comunistas, que dirigieron sus esfuerzos a desprestigiarlas y a tratar de anularlas. Uribe, el ministro de agricultura, boicoteó desde el Gobierno la actividad colectivizadora; así, el decreto que las legalizó, con el objeto de quitar a los sindicatos el control, tuvo su origen en esta persona. En marzo de 1937, grupos de carabineros y guardias de asalto, bien elegidos, iniciaron desde Murcia y Alicante una marcha hacia el norte para apoderarse de Cullera y Alfara y, desde esa posición estratégica, iniciar una represión contras las colectividades. Según Gaston Leval, todo indica que la operación fue montada por el socialista Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, que se ponía de acuerdo con los comunistas si se trataba de combatir a los anarquistas.

El 10 de agosto de 1937, fue abolido el Consejo de Aragón, que era uno de los baluartes independientes del movimiento anarquista. Poco después, el general Líster, al frente de la 11 división, arrasaría el 30% de las colectividades de Aragón deteniendo a los miembros más destacados de las colectividades. En el caso de la autogestión industrial en Cataluña, el gobierno central negó sistemáticamente toda clase de ayuda. El gobierno central, de Negrín y los comunistas, publicó el 22 de agosto de 1937 un decreto que anulaba aquel otro de octubre de 1936 que favorecía las colectivizaciones. La guerra finalmente se perdería, pero antes, el movimiento autogestionario, alentado en gran medida por los anarquistas, perdió muchas otras batallas por parte de los que se suponía eran sus aliados contra el fascismo.

 
 

La experiencia anarquista: Colectivizaciones en España (1936-1937)

RESUMEN: Un contexto de guerra y destrucción nos revela, en su más íntima existencia, una obra magnífica de construcción. El anarquismo español ha desarrollado, en medio de una cruenta Guerra Civil (1936-1939), un admirable proceso de Revolución: la colectivización agraria e industrial.

colectivizaciónSi hubo un momento y un lugar en la Historia, en que el anarquismo se manifestó más allá de toda utopía, de todo sueño, fue en los primeros meses de la Guerra Civil en España (julio de 1936-agosto de 1937). Como ensayo fraccionado y condicionado por las circunstancias, no obstante las colectividades industriales y agrarias de la España republicana fueron la concretización efectiva de un pensamiento ideal que fue muchas veces subestimado por los políticos contemporáneos. La mayor parte de la obra colectivizadora española fue precedida por proyectos anteriores a la guerra que difundieron los anarcosindicalistas y anarquistas de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y la FAI (Federación Anarquista Ibérica). Una premisa fundamental que posibilitó el trabajo anarquista durante el penoso fratricidio español, fue el lema “La Revolución y la Guerra son inseparables”, que se anteponía a la “misión” del gobierno republicano de “Primero ganar la guerra.” Las fricciones a este y otros respectos entre los anarquistas y el resto de los republicanos, marcaron un tanto más en el fracaso gubernamental por el control de la situación española. Pero también se inició con estas colectivizaciones la decadencia definitiva de la CNT-FAI, tras su aceptación del principio “Primero ganar la guerra” y la entrada al gobierno de importantes dirigentes que otrora se manifestaran intransigentes con todo Estado. La faísta Federica Montseny –que llegó a ocupar el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social en la segunda etapa del gobierno de Francisco Largo Caballero– confesaría este error lamentando la decisión de su movimiento (“ojalá no hubiéramos intervenido y no nos hubiéramos encontrado, histórica e ideológicamente, deshonrados”[1]) pero reconociendo que no quedaba otra opción en las circunstancias en que se desarrollaba la guerra. En cualquier caso, las colectividades anarquistas fueron obra más de los trabajadores ordinarios que de los propios dirigentes (éstos, como bien lo indica el presente sustantivo, sólo se encargaron de guiar y dirigir la euforia revolucionaria popular que estaba espontáneamente enfocada a derribar las barreras de la desigualdad social y de la explotación burguesa). Y fue el contexto bélico el que permitió el surgimiento de las colectividades, así como fue posteriormente este mismo contexto el que, presionando sobre la producción alimenticia, limitaría sus posibilidades económicas. No obstante, la caída final de las colectividades anarquistas no se debió a eventuales fallas en el sistema federativo comunal, sino a la intervención gubernamental y, sobre todo, a la guerra que enfrentó, dentro del mismo bando republicano, a los anarquistas y el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), por un lado, con los comunistas y el gobierno, por el otro. (Como sabemos, el POUM era antiestalinista, lo cual lo enfrentaba con el Partido Comunista Español y sus simpatías regionales.)

La colectivización anarquista se dio en varias regiones de España, con distintas organizaciones y diversos resultados. En Aragón, Levante y Castilla encontramos el mayor número de colectividades agrarias –450, 350 y 300, respectivamente y en aproximación–; en Cataluña, la colectivización fue más bien urbana.

Sin dudas, los casos más notables de colectivización son Aragón –en lo que refiere al campo– y Cataluña –esencialmente en lo urbano. Trataremos de resumir el trabajo de los campesinos y obreros anarquistas centrándonos en una colectividad tipo de Aragón y en la colectivización de industrias de Barcelona.

COLECTIVIZACIÓN EN ARAGÓN: “LA TIERRA A LOS CAMPESINOS”

En Aragón, durante el movimiento de sublevación, las tres capitales (Zaragoza, Teruel, Huesca) fueron dominadas por los nacionales, pero no así la mayor parte de los pueblos y ciudades, que quedaron bajo la influencia anarcosindicalista. Las colectividades, que se comenzaron a formar apenas iniciada la resistencia y gracias a la labor defensiva militar de las fuerzas del cenetista Buenaventura Durruti, llegaron a agrupar en total a aproximados

430.000 campesinos. Por lo general, cada colectividad se demarcaba en los límites de los propios pueblos, lo que permitía mantener las relaciones vecinales tradicionales. A su vez, se había establecido, en octubre de 1936, la creación de un órgano de control regional, el Consejo de Defensa de Aragón, situado en Fraga y presidido por el cenetista Joaquín Ascaso, en cuya presentación se subrayó su carácter económico, social, político y militar basado en la “voluntad, espíritu y aspiraciones del pueblo aragonés” (su misión era establecer un “estatuto modelo” para todas las colectividades de la región[2]). Este Consejo sería legitimado desde el gobierno central en diciembre, al tiempo que su sede se trasladara a Caspe, pero entrarían a formar parte de él dirigentes socialistas, comunistas y republicanos, con lo cual el gobierno y el comunismo iniciarían su intervención anticolectivista en Aragón hasta acabar con el Consejo y las colectividades en agosto de 1937.

Desde los inicios, la colectivización en Aragón fue bien vista por unos y mal vista por otros. En algunos pueblos (como Calanda y Alcañiz), la aceptación del comunismo libertario fue total; pero, en muchos otros, la población se dividió en “colectivistas” (siempre mayoría) e “individualistas”, y no faltaron quienes, al cabo de un tiempo en la colectividad, desertaron y reclamaron sus propiedades individuales. Hay quienes afirman que los individualistas eran forzados a aceptar la colectivización y que, además de ser despojados de sus bienes y tierras, solían ser acusados, por el Consejo de Defensa, de “fascistas” para ser luego ejecutados por las fuerzas policiales cenetistas. Pero estas imputaciones formaban parte, más bien, del accionar propagandístico del Partido Comunista Español y del gobierno, quienes tenían la meta política de aniquilar al único consejo regional autónomo de la República, el Consejo de Aragón.

Sabemos con seguridad que, en un mismo pueblo, convivían sin mayores dificultades “colectivistas” e “individualistas”, y que cuando un campesino de la colectividad deseaba retornar a la producción privada, podía hacerlo sin temer a las “acusaciones” y “torturas” de que hablara el periódico comunista “Frente Rojo.” Por otro lado, sí es cierto que las eufóricas expropiaciones de grandes propiedades en las que el propietario legal se negaba a ceder “por las buenas” a las demandas populares y al movimiento revolucionario colectivista, concluían en violentas acciones y en acusaciones de “fascismo” o “nacionalismo” que quizás no eran fundadas; pero lo común era el respeto al individualista siempre y cuando éste no empleara en sus tierras a trabajadores asalariados. Debido a las dificultades que presentaba para un propietario trabajar por sí solo la tierra, muchos hombres que defendían la propiedad privada terminaron ingresando en las colectividades.

La descripción básica de una colectividad agraria anarquista del tipo que existió en Aragón, sería como sigue: la tierra se divide en sectores que son trabajados por cuadrillas. Cada trabajador es elegido para el puesto que mejor se acomoda a sus capacidades. Las existencias y herramientas para la producción pasan a ser, como la tierra, patrimonio de todos los hombres. Las cuadrillas son organizadas por delegados competentes, que son, a su vez, trabajadores de igual índole que el resto y que no gozan de beneficios extra (y que son elegidos por asambleas generales que se ocupan, además, de determinadas decisiones de interés colectivo). Lo mismo sucede con las fábricas y tiendas, en que los antiguos propietarios que aceptan colectivizar, se convierten en guías y directores, pero perdiendo su sobrebeneficio privado y equiparándose al nivel de los obreros rurales.

El comercio entre pueblos, provincias y regiones no está ausente en el orden colectivista; pero la política monetaria de Aragón dificulta el intercambio: el dinero es en su mayor parte reemplazado por vales que reciben las familias (y que, en casos, terminan siendo confeccionados en unidades de peseta, como un salario normal pero uniforme: “25 pesetas por semana para un productor aislado, 35 para una pareja con un solo trabajador,

4 pesetas de más por cada niño dependiente”[3]; aunque estas cifras varían de pueblo en pueblo) y que son cambiados por productos en las tiendas de la colectividad, enfrentándose al problema del intercambio fuera de zonas colectivizadas (de esto se encarga, pues, un delegado de intercambio, quien utiliza, inevitablemente, dinero español). Las iglesias son convertidas en almacenes, talleres y escuelas (existen muchos casos de violencia desmedida contra sacerdotes y templos). El racionamiento igualitario no deja afuera a maestros y médicos, quienes, como todos, reciben el abastecimiento acordado. En casos, se permite el mantenimiento de granjas privadas para la domesticación de animales. En definitiva, nadie dentro de la colectividad se queda sin alimento. Los servicios como la electricidad, el transporte y la asistencia médica forman parte, también, de la colectivización, y ni los individualistas deben pagar por ellos. A su vez, el Consejo no recauda ni paga al gobierno central impuestos.

La producción agrícola parece haber incrementado con la colectivización en la mayoría de los pueblos aragoneses; una publicación del Ministerio de Agricultura, dada a conocer hacia mediados de 1937, nos demuestra que la producción total de trigo en Aragón aumentó en 270.001 toneladas desde el inicio de las colectivizaciones (sin duda, fue de gran importancia para este logro anarquista, la innovación en cuanto a racionalización de los procesos productivos y en materia de mejoras técnicas e importación de maquinaria). Aquellas colectividades que obtenían ganancias, las derivaban a colectividades con menor suerte.

En definitiva, como afirmara el quizás demasiado optimista Agustín Souchy, “la colectividad es una gran familia que vela por todos.”[4]   Y, como críticamente estimara el historiador inglés Hugh Thomas, estas colectividades “no merecieron ni el desprecio de los comunistas ni la brutalidad de los nacionalistas”[5]; pero así fue. Un interés gubernamental de control total, una concepción   ambigua del comunismo que proclamaba la “revolución burguesa” por sobre la colectivización, y la estocada final del nacionalismo español, fueron los verdugos de una apenas incipiente sociedad en vías de perfeccionamiento que, quizás, de haber perdurado, hubiera significado un distinto modo de vida para toda España, o, quizás, sólo el fracaso reconocido de una exquisita utopía.

AUTOGESTIÓN INDUSTRIAL EN BARCELONA: UNA CIUDAD PROLETARIA

Barcelona, el mejor ejemplo de colectivización urbana, fue sólo parte – aunque importantísima– de un amplio proceso de incautación de empresas que afectó al 70% de las empresas de toda Cataluña. Debido al enorme peso que tenía el anarquismo en la región, la sublevación nacionalista de julio de

1936 fue aplacada, sobre todo, por las enfervorizadas fuerzas anarquistas. Exitosa la defensa de Barcelona, el 21 de julio se fundó el Comité de Milicias Antifascistas, organismo integrado por representantes de los partidos antinacionalistas de Barcelona que tenía la función de dirigir a las incipientes milicias que lucharían contra los nacionales, y de encauzar y organizar la revolución que llevaría a la colectivización (a la autogestión) industrial. La CNT y la FAI eran los movimientos mejor representados en el Comité – también se contaban en él hombres de la UGT (Unión General de Trabajadores), la Esquerra Republicana, el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), Acció Catalana, Unió de Rabassaires y el POUM. Este Comité se convertiría automáticamente en el “gobierno efectivo” de Barcelona y de Cataluña, actuando en alianza con la Generalitat que presidía Lluís Companys, pero imponiéndose a ésta y a los mandatos regionales del gobierno central. En otras palabras, la CNT-FAI tenía el control de Cataluña, y por medio del Comité de Milicias Antifascistas se encargaría de llevar a cabo la revolución en la industria y la vida social catalanas. Finalmente, luego de tantos años de reclamos, los obreros no respondían a un patrón burgués; era ahora el comité obrero el que controlaba la producción y la distribución.

Diego Abad de Santillán[6], faísta miembro del Comité revolucionario, explica:   “Publicamos un bando   a la población dando   las primeras indicaciones de la conducta a seguir. Creamos un servicio de patrullas para cuidar del nuevo orden revolucionario; constituimos un comité especial de abastos para que atendiese en lo posible a las necesidades más urgentes de la situación creada.”[7]

El 2 de agosto de 1936, el gobierno central aprobó las incautaciones de tierras, fábricas, casas y hoteles que habían venido ejecutando   los anarquistas. Pero este furor antiburgués se había convertido ya en una violenta campaña de crimen y destrucción: muchos de los grandes propietarios fueron sin más fusilados, un sinnúmero de bienes fueron robados por el mero interés y la ambición individual, casi todas las iglesias barcelonesas fueron incendiadas, y muchos sacerdotes fueron salvajemente asesinados… Fue tal el vandalismo de unos cuantos obreros y campesinos desaforados, que la CNT-FAI se dedicó   a reprobar estos crímenes acusándolos de “violencia   ilegal”, y considerando a sus ejecutores “elementos amorales que roban y asesinan profesionalmente.”[8] Ciertamente, muchos de estos vándalos eran criminales salidos recientemente de las cárceles, que habían ingresado a un color político aun sin tener ideología. No obstante, se han contado también casos de comunistas que cometían brutales torturas y asesinatos revestidos de anarquistas, para culpar a éstos de los crímenes.

Según se contabiliza, había en la ciudad de Barcelona 350.000 anarquistas. Bajo el control ejecutivo del Comité de Milicias Antifascistas, gran cantidad de industrias y servicios públicos pasaron a ser dirigidos por la CNT, cuyos delegados solían reunirse en las grandes residencias confiscadas. A través del organismo de patrullas de control, el orden colectivista se impuso en la ciudad (las “patrullas de control” parecen haber sido un núcleo de terrorismo anarquista). La colectivización se desarrolló, primeramente, en los servicios públicos (transporte, agua, electricidad, gas, teléfono, asistencia médica) y los comercios. También en cines, teatros, bares, hoteles. La distribución de alimentos fue garantizada de forma colectiva. Las industrias (textil, maderera, metalúrgica, naviera, pesquera) pasaron a ser controladas por el propio proletariado a través de los comités locales de obreros, cuyos miembros eran elegidos por asambleas generales, y seguían, generalmente, las instrucciones de un ingeniero especializado; pero pronto, estos comités se convertirían en nuevos “dueños” de las empresas. Diego Abad de Santillán hace su autocrítica: “En lugar del antiguo propietario, hemos puesto a media docena de nuevos patronos que consideran la fábrica o los medios de transporte por ellos controlados como su propiedad personal, con el inconveniente de que no siempre saben organizarse tan bien como el antiguo dueño.”[9] Las industrias se basaban en una política federativa, por lo cual los comités de empresas solían juntar delegados que discutían los asuntos de interés global.

Los salarios en las empresas siguieron siendo individuales (más elevados que antes, siendo uniformes o jerárquicos, según el caso), y las fábricas debían autofinanciarse para continuar su existencia (cuando escaseó el efectivo para el financiamiento, los gobiernos regional y central no accedieron a ayudar al comité anarquista, siendo ésta una de las principales causas de la subsiguiente integración de los anarquistas en el gobierno, no quedándoles más remedio). Pronto, las industrias de guerra hicieron su aparición, controladas en su mayor parte por la Generalitat, que así comenzaba a intervenir en la Barcelona proletaria. Finalmente, tras la entrada de elementos anarquistas en la Generalitat (27 de septiembre) y la consecuente disolución del Comité de Milicias Antifascistas (1 de octubre), el gobierno catalán decretó la legitimidad de las colectivizaciones llevadas a cabo por la CNT-FAI (24 de octubre). Así, el gobierno se aseguraba el control de la situación catalana, y la CNT iniciaba su declive. Hugh Thomas describe las nuevas disposiciones acordadas entre la Generalitat y los anarquistas: “Mientras que las grandes empresas (o sea, las que empleaban a más de cien trabajadores) y aquellas cuyos propietarios eran «fascistas» serían colectivizadas sin indemnización, las plantas que empleaban de cincuenta hasta cien trabajadores (que en Barcelona de hecho eran la mayoría) sólo serían colectivizadas a petición de las tres cuartas partes de sus trabajadores. Las empresas con número inferior a cincuenta trabajadores sólo podrían ser colectivizadas a petición de su dueño, salvo las destinadas a la producción de materiales relacionados con la guerra. La Generalitat tendría un representante en el consejo de administración de cada fábrica y, en las grandes empresas colectivizadas, designaría al presidente del consejo. La gestión de toda empresa colectivizada correría a cargo de un consejo elegido por los trabajadores, con un mandato de dos años. Y las que estuvieran dedicadas a un mismo sector de producción vendrían coordinadas por uno de los 14 consejos industriales, quienes podrían intervenir, si fuera necesario, en las empresas privadas, a fin de «armonizar la producción».”[10]   Hallamos tres tipos de orden en las industrias “revolucionadas” de Barcelona: las empresas cuyos propietarios permanecían al frente de la misma, asesorando con sus conocimientos, pero siendo un comité obrero el que ejercía el control efectivo; las empresas cuyos propietarios, rechazando la colectivización, eran directamente expulsados y el comité obrero tomaba el mando; y las empresas “socializadas”, esto es, reagrupadas por rama productiva y organizadas en conjunto por un comité obrero. La economía catalana estaba ahora íntegramente colectivizada, pero la producción industrial sufrió igualmente una considerable caída, producto de la escasez de demanda y de materias primas a que la sometía el conflicto bélico y la desconexión con la España dominada por los nacionales.

Concluyendo con el período revolucionario, quizás muy cuestionable en sus logros pero enfocado como ninguno a la equiparación social y al fin de la explotación burguesa, en los albores de 1937, el PSUC y el gobierno catalán atacaron duramente a los comités anarquistas. No tardó en desatarse en mayo una nueva guerra civil: anarquistas y poumistas –que defendían la colectivización industrial y reivindicaban el control obrero– frente a comunistas y republicanos –que impulsaban la industria bélica como meta primera y garantizaban la devolución de las propiedades a los pequeños burgueses. Barcelona se bañó en sangre: 500 muertos y 1.000 heridos. La intervención del gobierno central para “llevar el orden” a Barcelona, concluyó en la “normalización” de la situación. Los anarquistas habían visto reducida su influencia en la política y la industria barcelonesas, y los comunistas habían llegado a la cima del control republicano. Cataluña había perdido su autonomía y, tras la dimisión de Francisco Largo Caballero y el nombramiento de Juan Negrín como jefe del gobierno central (17 de mayo), la FAI denunciaría la “victoria del bloque burgués-comunista”; en adelante, los comunistas serían “los más y los mejores.”[11]   La represión de las colectividades se iría agravando, y las purgas al estilo soviético se cobrarían las vidas de muchos anarquistas, poumistas e, incluso, republicanos. La CNT había renunciado a toda participación gubernamental, pero ya no había espacios para la lucha revolucionaria. La colectivización catalana anarquista había llegado a su fin.

Notas:

[1]Cit. en THOMAS, 1979,La Guerra Civil Española, vol. iii, pp. 8-9.

[2]THOMAS, 1979,La Guerra Civil Española, vol. iii, pp. 144-145.

[3]BROUÉ y TEMIMÉ, 1962,La revolución y la guerra de España, vol. i, p. 181.

[4]SOUCHY, 1977,Entre los campesinos de Aragón; cit. en BROUÉ y TEMIMÉ, 1962,La revolución y la guerra de España, vol. i, p. 183.

[5]THOMAS, 1979,La Guerra Civil Española, vol. iii, p. 158.

[6]“Nombre de batalla tras del cual se ocultaba, decían, un militanteargentino” (BROUÉ y

TEMIMÉ, 1962,La revolución y la guerra de España, vol. i, p. 57).

[7]Cit. enCrónica de la Guerra Española, 1966, vol. ii, pp. 79-80.

[8]THOMAS, 1979,La Guerra Civil Española, vol. ii, p.112.

[9]Cit. en THOMAS, 1979,La Guerra Civil Española, vol. iii, pp. 97-98. [10]THOMAS, 1979,La Guerra Civil Española, vol. ii, pp. 344-345. [11]Crónica de la Guerra Española, 1966, vol. iv, p.113.

BIBLIOGRAFÍA

BROUÉ, P.; TEMIMÉ, E.: La revolución y la guerra de España. Fondo de Cultura Económica, México, 1962.

Crónica de la Guerra Española. Editorial Codex, Buenos Aires, 1966. LEVAL, G.: Colectividades libertarias en España. Editorial Proyección, Buenos Aires, 1974.

MINTZ, F.: La autogestión en la España revolucionaria. Editorial La Piqueta, Madrid, 1977.

ROSSINERI, P.: “La obra colectivizadora de la Revolución Española”, Libertad, número 20, Lanús (pcia. de Buenos Aires), julio-agosto 2001.

SOUCHY, A.:   Entre   los   campesinos de Aragón.  Tusquets Editores, Barcelona, 1977.

THOMAS, H.: La Guerra Civil Española. Ediciones Urbion-Hyspamérica Ediciones, Madrid, 1979.

Augusto Gayubas
Fuente: http://sagunto.cnt.es/wp-content/uploads/2010/12/LA-EXPERIENCIA-ANARQUISTA-COLECTIVIZACIONES-EN-ESPA%C3%91A-1936-1937.pdf

2 comentarios en “Las colectividades anarquistas campesinas durante la Guerra Civil Española”

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