HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO

Sindicalismo revolucionario

PRINCIPIOS DEL SINDICALISMO REVOLUCIONARIO.

El sindicalismo revolucionario, basándose en la lucha de clases, tiende a la unión de todos los trabajadores dentro de organizaciones económicas y de combate, que luchen por la liberación del doble yugo del capital y del Estado. Su finalidad consiste en la reorganización de la vida social asentándola sobre la base del Comunismo Libertario y mediante la acción revolucionaria de la clase trabajadora. Considerando que únicamente las organizaciones económicas del proletariado son capaces de alcanzar este objetivo, el sindicalismo revolucionario se dirige a los trabajadores en su calidad de productores, de creadores de riquezas sociales, para germinar y desarrollarse entre ellos, en oposición a los modernos partidos obreros, a quienes declara sin capacidad para una reorganización económica de la sociedad.

El sindicalismo revolucionario es enemigo convencido de todo monopolio económico y social, y tiende a su abolición mediante la implantación de comunas económicas y de órganos administrativos regidos por los obreros de los campos y de las fabricas, formando un sistema de libres consejos sin subordinación a ningún poder ni partido político alguno. El sindicalismo revolucionario erige, contra la política del Estado y de los partidos, la organización económica del trabajo, opone al gobierno del hombre sobre el hombre la gestión administrativa de las cosas. No es, por consiguiente, la finalidad del sindicalismo revolucionario la conquista de los poderes políticos, y sí la aparición del monopolio de la propiedad debe desaparecer, también, el monopolio de la dominación, y que toda forma de Estado, encúbrase como se quiera, no podrá ser nunca un instrumento de liberación humana, antes al contrario, será siempre el creador de nuevos monopolios y de nuevos privilegios.

El sindicalismo revolucionario tiene una doble función a cumplir: la de proseguir la lucha revolucionaria de todos los días por el mejoramiento económico, social e intelectual de la clase obrera dentro de los limites de la sociedad actual, y la de educar a las masas para que sean aptas para una gestión independiente en el proceso de la producción y de la distribución, así como para la toma de posesión de todos los elementos de la vida social.

El sindicalismo revolucionario no acepta que la organización de un sistema social descansando totalmente sobre el producto,, pueda llegar a ser ordenado por unos simples decretos gubernamentales, y afirma que solamente puede lograrze por la acción común de todos los trabajadores manuales e intelectuales, en cada rama de industria, por la gestión, dentro de las fabricas, de los mismos trabajadores, de tal manera que cada agrupación, fabrica o rama de industria sea un miembro autónomo en el organismo económico general y ordene sistemáticamente, sobre un plan determinado y sobre la base de acuerdos mutuos, la producción y la distribución como mejor interese a la comunidad.

El sindicalismo revolucionario es opuesto a todas las tendencias de organización inspiradas en el centralismo del Estado y de la Iglesia, porque solo pueden servir para prolongar la vida del Estado y de la autoridad, y para ahogar sistemáticamente el espíritu de iniciativa y de independencia del pensamiento. El centralismo es la organización artificial que supedita las llamadas partes bajas a las tituladas superiores, y que abandona en manos de una minoría la reglamentación de los asuntos de toda la comunidad (el individuo se convierte en un autómata de gestos y de movimientos dirigidos). En la organización centralista los valores de la sociedad son postergados por los intereses de algunos, la variedad es reemplazada por la uniformidad, la responsabilidad personal es sustituida por una disciplina unánime. Es por esta razón que el sindicalismo revolucionario asienta su concepción social dentro de una amplia organización federalista, es decir, de la organización de abajo a arriba, de la unión de todas las fuerzas sobre la base de ideas e intereses comunes.

El sindicalismo revolucionario rechaza toda actividad parlamentaria y toda colaboración con los organismos legislativos, porque entiende que el sistema de sufragio mas libre no puede hacer desaparecer las evidentes contradicciones que existen en el seno de la sociedad actual, y porque el sistema parlamentario solo tiene un objetivo: el de prestarle un simulacro de derecho al reino de la mentira y de las injusticias sociales. El sindicalismo revolucionario rechaza todas las fronteras políticas y nacionales, arbitrariamente creadas, y declara que el llamado nacionalismo solo es la religión del Estado moderno, tras la cual se encubren los intereses materiales de las clases poseedoras. El sindicalismo revolucionario no reconoce otras diferencias que las de orden económico, regionales o nacionales, producto de las cuales surgen las jerarquías, privilegios y opresiones de todo tipo (por raza, sexo, sexualidad o cualquier diferencia percibida o real), y reclama para toda agrupación el derecho a una autodeterminación acordada solidariamente a todas las otras asociaciones del mismo orden. Es por idénticas razones que el sindicalismo revolucionario combate el militarismo y la guerra. El sindicalismo revolucionario recomienda la propaganda contra la guerra, y la sustitución de los ejércitos permanentes, los que solo son instrumentos de la contrarrevolución al servicio del capitalismo, por las milicias obreras que durante la revolución serán controladas por los sindicatos obreros; exige, además, el boicot y el embargo contra todas las materias primas y productos necesarios para la guerra, a excepción del caso en que se trate de un país donde los obreros estén realizando una revolución de tipo social, en cuyo caso hay que ayudarles en la defensa de la revolución. Finalmente, el sindicalismo revolucionario recomienda la huelga general preventiva y revolucionaria como medio de acción contra la guerra y el militarismo. El sindicalismo revolucionario reconoce la necesidad de una producción que no dañe el medio ambiente, que intente minimizar el uso de recursos no renovables y que utilice siempre que sea posible alternativas renovables. Identifica la búsqueda de ganancias y no la ignorancia como causa de la crisis medioambiental actual. La producción capitalista siempre busca minimizar los costes para conseguir un nivel de ganancias cada vez mas elevado para sobrevivir, y no puede proteger el medio ambiente. En concreto, la crisis mundial de la deuda ha acelerado la tendencia hacia las cosechas comerciales en detrimento de la agricultura de subsistencia. Esto ha causado la destrucción de las selvas tropicales, hambre y enfermedades. La lucha para salvar nuestro planeta y la lucha para destruir el capitalismo deben ser conjuntas o ambas fracasaran.

El sindicalismo revolucionario se afirma partidario de la acción directa, y sostiene y alienta todas aquellas luchas que no estén en contradicción con sus propias finalidades. Sus medios de lucha son: la huelga, el boicot, el sabotaje, etc. La acción directa encuentra su expresión mas profunda en la huelga general, la que debe ser, al mismo tiempo, desde el punto de vista del sindicalismo revolucionario, el preludio de la revolución social.

Enemigo de toda violencia organizada por no importa que clase de gobierno, el sindicalismo revolucionario tiene en cuenta que se producirán encuentros violentisimos durante las luchas decisivas entre el capitalismo de hoy y el comunismo libre de mañana. Por consiguiente, reconoce la violencia que pueda emplearse como medio de defensa contra los métodos violentos que empleen las clases dominantes durante las luchas que sostenga el pueblo revolucionario por la expropiación de las tierras y de los medios de producción. Como esta expropiación solo podrá ser iniciada y llevada a feliz termino por la intervención directa de las organizaciones económicas revolucionarias de los trabajadores, la defensa de revolución debe encontrase también en manos de los organismos económicos y no en las de una organización militar o parecida que se desenvuelva al margen de ellos.
Es únicamente en las organizaciones económicas y revolucionarias de la clase obrera que se encuentra la fuerza capaz de realizar su liberación y la energía creadora necesaria para la reorganización de la sociedad a base del comunismo libertario.

(Tomado del folleto ¿Que es la AIT?, editado por el Secretariado de la Asociación Internacional de los Trabajadores, 1997).

 

 

Otras definiciones.

El sindicalismo revolucionario es una corriente sindical donde el sindicato era la institución clave tanto para proteger a los trabajadores de sus patrones y del Estado (o de cualquier abuso) como para organizar la vida productiva administrativa de la sociedad. En sentido amplio, suelen denominarse como sindicalismo revolucionario aquellas corrientes sindicales radicalizadas que se oponen al parlamentarismodemocrático y, en algunos casos, a la sujeción de los trabajadores y su lucha a un partido político. Es caracterizado por la defensa de la autonomía de las luchas de las clases trabajadoras que había sido manifestado en el lema de la Primera Internacionalla liberación de los trabajadores será hecha por los trabajadores mismos o no será.

Algunos de los sindicatos que han usado el término para definirse han rechazado la injerencia partidista salvo que dicho partido sea comunista, trotskista, guevarista, maoísta, socialistarevolucionario o incluso, en una posición no de izquierdas, nacionalsindicalista en España.

Finalmente, en algunos países, sindicalismo revolucionario se toma como sinónimo del anarcosindicalismo, o como su antecesor, tanto por la tesis del accionar sindical que busca la negociación laboral-patronal directa y rechaza realizarla a través del gobierno como por aquella que busca organizar la sociedad a través de asociaciones laborales.

Origen[editar]

El sindicalismo revolucionario nace en Francia a fines del siglo XIX, a partir de las crisis internas que sufrían las corrientes sindicales socialistas y anarquistas. A fines del siglo XIX los socialistas habían comenzado a inclinarse por la vía democrática y la promoción de los cambios sociolaborales mediante una presencia creciente en los parlamentos; eventualmente este camino conducirá a la creación del Estado del bienestar en el siglo XX. Por su parte, los anarquistas se habían volcado a la vía terrorista bajo el principio de “propaganda por el hecho“, lo que llevó a ser víctimas de una durísima represión y un gran aislamiento.

A partir de 1895 un grupo de dirigentes sindicales dirigidos por el anarquista Mateo Esposito y el socialista blanquista Victor Griffuelhes[1], preocupados por el aislamiento en que se encontraba el movimiento sindical, comienzan a sostener la necesidad de que la organización sindical sea independiente de las corrientes ideológicas y políticas (Ariane 2005; Force Ouvriere), lo que históricamente significaba mantener a los sindicatos fuera de los compromisos políticos de los socialistas y de las acciones violentas de algunos anarquistas, al mismo tiempo que abrir una tradición de convivencia pluralista en los sindicatos.

La Confederación General del Trabajo (CGT) francesa, creada en 1895, evoluciona gradualmente hacia las posiciones sindicalistas revolucionarias que finalmente se imponen en el Congreso de Amiéns de 1906, donde se redacta la Carta de Amiens documento clave y fundacional del sindicalismo revolucionario redactado por Victor Griffuelhes, donde se establece una estricta distinción entre el sindicato y la ideología política. En su parte final la Carta de Amiens dice:

Como consecuencia, en aquello que concierne a los individuos, el Congreso afirma la entera libertad para el asociado, de participar, fuera del grupo corporativo, en cualquiera de las formas de lucha que correspondan a su concepción filosófica o política, limitándose a exigirle, en reciprocidad, no introducir en el sindicato las opiniones que profesa fuera del mismo.En lo que concierne a las organizaciones, el Congreso decide que con el objeto de que el sindicalismo alcance su máximo de efectividad, la acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal, no teniendo las organizaciones confederadas, como asociaciones económicas, qué preocuparse de los partidos y de las sectas que, afuera y al margen, puedan perseguir, en absoluta libertad, la transformación social.

El sindicalismo revolucionario concede una gran importancia estratégica a la huelga, y en especial a la huelga general, exaltándola como eje central de la acción sindical.

El principal teórico de sindicalismo revolucionario en Francia fue Georges Sorel (18471922), quien desarrolló sus ideas fundamentalmente en su conocido libro Reflexiones sobre la violencia (1908). Sorel influyó en Mussolini.1

Sorel sustituyó el racionalismo y hegelianismo del marxismo por un voluntarismo vitalista y antimaterialista y pensaba, como más tarde repetiría en nuestro medio Mariátegui, que las masas no requerían de la razón sino de los mitos, sistemas de imágenes que estimulaban la imaginación.
en Flores Quelopana [2]

Sindicalismo[editar]

En Italia, el sindicalismo revolucionario se desarrolló a partir del socialismo (PSI). Sus máximos exponentes fueron Arturo Labriola [3] y Enrico Leone que rechazaban la opción por la acción parlamentaria que había adoptado el Partido Socialista Italiano. Sostienen entonces que es el sindicato y no el partido la verdadera organización de la clase obrera. En 1912 crean la central sindicalista revolucionaria de Italia, la Unión Sindical Italiana (USI), opuesta a la CGL.

Arturo Labriola escribe:

Los obreros deben luchar para realizar en el mundo la forma igualdad sindical que se desprende de las exigencias de la vida sindical. Deben obligar a la vida a tomar una forma exclusivamente sindical…El acto revolucionario de la toma de posesión de los instrumentos de producción de una rama de industria por el sindicato obrero de la misma determina el paso del capitalismo al socialismo
en Godio 2000, 160/161

Para Labriola solo el sindicato posibilitaba la autorrealización de la sociedad civil (Godio 2000, 160).

Anarcosindicalismo, y sindicalismo unitario[editar]

El sindicalismo revolucionario inspiró diversos movimientos sindicales de acuerdo a los países en los que se desarrolló.

Relación con el anarquismo[editar]

En algunos países el anarcosindicalismo se inspiró en el sindicalismo revolucionario, y con el tiempo se identificaron, a tal punto de que en muchos lugares, en la actualidad, el término sindicalismo revolucionario es casi un sinónimo de anarcosindicalismo. Esto sucede, ejemplo en algunos países de Europa Occidental.

Existen organizaciones sindicales que reclaman el nombre de sindicalistas revolucionarias sin declararse anarquistas, pero que son muy cercanas a los planteamientos anarquistas o son escisiones de sindicatos anarquistas.

Por ejemplo en Estados UnidosIndustrial Workers of the World, conocida popularmente como los Wobblies, creada en 1905, se desarrolló un sindicalismo revolucionario muy cercano al anarcosindicalismo —siendo sus integrantes hasta hoy en gran parte anarquistas— oponiéndose tanto a la legislación obrera como a los contratos colectivos de trabajo que impulsaba la American Federation of Labour.

Así también algunos dirigentes sindicales proanarquistas o sindicatos de anarquistas que no se apegan estrictamente a los principios del anarcosindicalismo se declaran sindicalistas revolucionarios.

Relación con el sindicalismo unitario[editar]

En América del Sur y Francia, el sindicalismo revolucionario se desarrolló desde el socialismo de inspiración marxista, y desarrolló una cultura de sindicatos y centrales unitarias, autónoma de los partidos políticos, en los que podían convivir diferentes corrientes ideológicas.

Relación con el peronismo[editar]

En la Argentina, el sindicalismo revolucionario fue una de las corrientes sindicales que más influyeron en la fundación del peronismo. Especialmente importante fue Luis Gay, presidente de la Unión Sindical Argentina (USA), de tendencia sindicalista revolucionaria, quien adhirió al peronismo, siendo luego secretario general de la Confederación General del Trabajo y fundador del Partido Laborista, decisivo en la victoria electoral de Juan Perón en 1946.

Relación con el comunismo guevarista[editar]

Debido a la fuerte influencia del sindicalismo revolucionario en Argentina, no se limitó al peronismo, sino que no tardaron en aparecer los sindicatos revolucionarios asociados a organizaciones guevaristas.[cita requerida]

Sindicalismo revolucionario en la actualidad[editar]

En la actualidad la organizaciones que se reclaman como sindicalistas revolucionarias en todo el mundo son las que de alguna forma se relacionan con los movimientos anarquistascomunistasmaoístasguevaristastrotskistas.

Diferentes vertientes del sindicalismo revolucionario se han organizado en asociaciones internacionales: en 1923 la vertiente anarcosindicalista creó la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT); en 1938 la vertiente trotskista creó la Cuarta Internacional; en 1945 la vertiente comunista creó la Federación Sindical Mundial (FSM).

Véase también[editar]

Referencias[editar]

Bibliografía[editar]

  • Ariane (2005). «Quand des étudiants « inventaient » le syndicalisme révolutionnaire». Pelloutier.net. Le syndicalisme révolutionnaire en France; Etudes: des origines à 191. [4] consultado el 08/04/2006..
  • Force Ouvriere (s.a.). «La Charte d’Amiens: Un syndicat, pas un partí». FO Hebdo[5] consultado el 08/04/2006..
  • Godio, Julio (2000). Historia del movimiento obrero argentino, 1870-2000. Buenos Aires: Corregidor. 950-05-1319-6.
  • Labriola, Arturo (1906). Riforme e rivoluzione sociale. Lugano: Società Editrice Avanguardia.
  • Sorel, Georges (1935). Reflexiones sobre la violencia. Santiago de Chile: Ercilla.
  • Zeev Sternhell, Mario Sznajder, Maia Ashéri (1994). The Birth of Fascist Ideology: From Cultural Rebellion to Political Revolution. Princeton, New Jersey: Princeton University Press.

 

 

¿Qué es el Sindicalismo Revolucionario?

Como seguramente sabéis un sindicato es una agrupación de trabajadores que se reúne para llevar a cabo unas reivindicaciones. Por tanto, es una organización que nace del trabajo agrupando a las personas según su actividad económica. El sindicalismo se desarrolló como idea en el siglo XIX, aunque ya existía previamente y fue adoptado tan ampliamente por la clase obrera de aquella época que de hecho contribuyó a crear el propio imaginario de “clase obrera”. Y por supuesto el movimiento socialista lo adoptó como propio.

Lo que caracteriza a todo socialismo es la aspiración a una propiedad colectiva; a una economía común, de la comunidad. En definitiva a una gestión colectiva de los medios de producción, que hoy en día están en manos del mercado global capitalista.

Según Bakunin, la sociedad debe organizarse “por medio de la libre federación de las asociaciones del trabajo de abajo hacia arriba, tanto en la industria como en la agricultura, de las asociaciones científicas y las sociedades obreras en el arte y la literatura – al principio en comunas, luego en federaciones de comunas en cada provincia, de provincias en la nación y de naciones en la Hermandad Internacional”.

La sociedad debe organizarse “mediante la federación libre de asociaciones laborales de abajo hacia arriba, tanto en la industria como en la agricultura, de asociaciones científicas y sociedades de trabajadores del arte y la literatura, primero en las comunas, luego en la federación de comunas en cada provincia, de provincias en la nación y de naciones en la Hermandad Internacional “. (Mensaje, pp. 197-98).

Con la germinación de una conciencia de clase en la primera mitad del siglo XIX, de este sentimiento de pertenencia a algo nuevo, también fue surgiendo en paralelo un cuestionamiento completo del sistema de clases. La clase trabajadora también podía gestionar la economía. De hecho, no eran raras este tipo de proclamas en el gremialismo medieval o sea que tenían precedentes.

El movimiento socialista lo que hacía era actualizarlas. Por un lado apareció el cooperativismo y por el otro el sindicalismo. Pero el cooperativismo con el paso de las décadas perdió su aspiración a una sociedad nueva, distinta de la burguesa. El cooperativismo se adaptó a las circunstancias, quizás porque no le fue del todo mal a nivel económico y era capaz de garantizar una vida digna para sus asociados.

Pero el sindicalismo pasó de una primera etapa de apoliticismo y de reivindicación meramente laboral, de mejora de condiciones, a cuestionar su rol en la sociedad. Los sindicatos eran organismos de autoorganización laboral, pero también podían ser organismos de poder obrero. En las grandes huelgas los comités obreros controlaban no sólo las zonas fabriles para que no entraran esquiroles a trabajar sino también sus barrios y en ocasiones incluso poblaciones enteras. Los comedores populares, las guarderías, los piquetes eran habituales. La conciencia de este poder, de capacidad de gestionar un territorio, fue generando un sindicalismo político, político de sí mismo. La praxis de huelga, sabotaje, boicot y label había creado escuela.

El Congreso precisa, por los puntos siguientes, esta afirmación teórica: en la obra reivindicativa cotidiana, el sindicalismo persigue la coordinación de los esfuerzos obreros, el aumento del bienestar de los trabajadores por la realización de las mejoras inmediatas, tales como la disminución de las horas de trabajo, el aumento de los salarios, etcétera.

Pero esta tarea no es más que un costado de la obra del sindicalismo: prepara la emancipación integral que sólo puede realizarse por la expropiación capitalista; preconiza como medio de acción la huelga general y considera que el sindicato, hoy día grupo de resistencia, será en el porvenir el núcleo de la producción y de la distribución; base de reorganización social.

El Congreso declara que esta doble tarea, cotidiana y de porvenir, se desprende de la situación de asalariados que pesa sobre la clase obrera y que hace para todos los trabajadores, cualesquiera que sean sus tendencias políticas o filosóficas, un deber el pertenecer al agrupamiento esencial que es el sindicato.

Carta de Amiens, octubre de 1906

Ya no se necesitaba un partido que retomara las peticiones del sindicato y las llevara al Parlamento o al Gobierno. Ahora el sindicato podría dictar sus normas en la sociedad. El sindicato podía tomar los medios de producción (campos, fábricas y talleres). Podía hacer funcionar una ciudad o un país si conseguía organizar adecuadamente a los trabajadores. Por tanto, el sindicalismo (apellidado revolucionario) se convirtió en un nuevo modelo de socialismo.

Jack London, conocido escritor socialista norteamericano describía cómo se imaginaba una huelga general en la que la clase trabajadora dejara abandonase el trabajo en masa. Se daba de forma natural una mezcla de caos en el viejo orden y la construcción de un nuevo poder basado en el sindicato. Era una situación utópica, sin duda, pero como la realidad suele superar a la ficción la huelga general que respondió el golpe de estado de Kapp en la Alemania de 1920 fue tan total que el general no encontró quien le mecanografiara la declaración de estado de excepción y tuvo que hacerlo su familia.

Hacia 1910 llegó su período de madurez y pronto este tipo de agrupaciones obreras se extendieron por todo el mundo. Su período álgido fue entre 1910 y 1930 ejerciendo el control territorial en varias ocasiones: la semana roja italiana de 1912, las huelgas en las ciudades norteamericanas de Seattle, Calgary, Edmonton… en Limerick, en el Clydeside, en el barrio de Saint Denis de París en 1919, en las ocupaciones de fábrica de Italia de 1920, en la insurrección de Río de Janeiro de 1917, en la Semana Trágica argentina de 1919 y luego en la Patagonia… y un largo etcétera.

Durante la guerra civil española fue cuando se puso en práctica este modelo a gran escala. En las ciudades industriales republicanas se instauraron comités revolucionarios que en la mayoría de ocasiones fueron obra de los sindicatos. Los trabajadores, educados por la lucha de clases, ocuparon sus fábricas y talleres. Pronto se coordinaron a través de los sindicatos y establecieron una colectivización de la industria que dio pie a un control efectivo de la economía por los sindicatos.

A nivel ideológico el anarquismo siempre se atribuyó el sindicalismo revolucionario como propio. Sin embargo también una parte del marxismo apostó por esta táctica como por ejemplo Daniel DeLeon y Bill Haywood de la IWW o Joaquín Maurín y Andreu Nin en la CNT. Así, mientras en España se acuñaba el término anarcosindicalismo, fundiendo el sindicalismo revolucionario con los principios anarquistas, en Estados Unidos se inventaba el “sindicalismo industrial” revolucionario. Venía a ser lo mismo pero con matices. No pocas veces se hablaba de estado industrial o estado sindical, refiriéndose a que los sindicatos gobernarían la sociedad.

 

 

Entonces, dada la aspiración de los sindicatos a gobernar la sociedad o a gestionar la economía, el sindicato se va dotando de comités técnicos y de estudios económicos, de cajas de resistencia, de cooperativas de apoyo, de mutualidades a modo de seguro, etc. El sindicalismo va afiliando sectores que normalmente no están sindicalizados (sindicatos de estudiantes, de jubilados, de mujeres que están en el hogar) y habla de unidad sindical. Desea unir toda la clase obrera en una misma organización que cubre todas las necesidades básicas. Esto es una vía de sustitución del estado burgués.

También una parte del fascismo tuvo su origen en el sindicalismo revolucionario. En general se trataba de personas que habían militado en el sindicalismo pero que habían adoptado el fascismo corporativista como modelo. El estado se regía por un poder fuerte representado por un gobierno y un sindicato único. Esta deriva se pudo ver entre algunos sindicalistas italianos, por ejemplo, de la Unione Italiana dei Lavoro que fue escisión de la USI anarcosindicalista. Se dice que la primera ocupación de fábricas en 1920 la realizó esta organización izando la bandera nacional, y no la roja, como ocurría en las huelgas posteriores. De hecho en aquellos años se entendía el fascismo como una especie de derivación de las ideas sindicalistas. Hasta que la entrada en masa de burgueses, estudiantes, militares y campesinos pudientes borró la influencia de la primera hornada. Algunas figuras serían Alceste De Ambris (que luego rompió con el fascismo y participó en los Arditi dei Popolo) o el futurista Filippo Marinetti y en Francia George Sorel.

Siguiendo con las curiosidades históricas, a veces choca ver como se utilizaba el término “anarcosindicalista” como insulto entre los marxistas. Este calificativo recibió Alexandra Kollontai y toda la Oposición Obrera en un congreso del Partido Bolchevique. En su opinión la economía comunista debía edificarse por parte de los sindicatos, que tendrían que ser independientes del estado y así poder crear una democracia industrial – quizás en línea con lo que decía De Leon – y no depender de unas estructuras burocráticas conformadas por personas que no conocían el funcionamiento real de la economía. Su oposición fue barrida del mapa en 1922, valga decir que el anarcosindicalismo ruso (de origen anarquista) ya había sido totalmente liquidado en 1920.

El ruso Gregori Maximoff haría una de las obras fundamentales de lo que estamos hablando, el Programa Anarcosindicalista. Fue escrito en 1927 en ruso y luego traducido a diferentes idiomas. A partir de él encontramos el clásico de Rudolf Rocker, Anarcosindicalismo Teoría y Práctica. Y a partir de ahí la mayoría de los textos relevantes son de militantes relacionados con España como por ejemplo Abad de Santillán, Gaston Leval o Germinal Esgleas.

Hablando de Santillán, podemos hacer un nuevo inciso histórico presentando otra variante del sindicalismo revolucionario. Se trata del “movimiento obrero anarquista” o “forismo”. Le da mucha importancia a los principios anarquistas, de tal manera que más allá de un sindicato anarquista, la organización obrera se convierte en una organización integral político-social. La afiliación a este sindicato debía aceptar los principios y por tanto la cuestión identitaria era trascendental. La valía de esta idea recae en su propuesta finalista, ya que fue el primer sindicato que declaró el que el comunismo anarquista era su meta. Anteriormente las declaraciones públicas eran mucho más vagas (emancipación social, liberación de la clase, etc.). En cambio, al tener una postura ideológica tan fuerte alienó parte de la clase trabajadora favoreciendo la ruptura de la unidad y a la larga la consolidación de opciones socialistas y comunistas, ya que no volvió a encontrar un espacio de confluencia con el resto del sindicalismo revolucionario (representado por la FORA del IX Congreso). Esta es la forma de pensar de una parte del anarcosindicalismo actual que se basa en los principios más que en la táctica.

Siguiendo en Argentina pero en 1968, la central sindical CGTA lanzó en público un programa nítidamente revolucionario. A pesar de provenir de una mezcla de conceptos marxistas, peronistas revolucionarios o de la teología de la liberación, el programa se puede leer claramente en clave sindicalista revolucionaria: propiedad social, intervención obrera en la administración de las empresas y la distribución, nacionalización de los sectores básicos de la economía, reforma agraria, expulsión de las empresas monopolistas, no reconocimiento de los compromisos financieros, educación pública… En definitiva, hacen un llamamiento a la acción política del sindicalismo, que denominan sindicalismo integral, y pretenden proyectarlo hacia el control del poder.

 

 

Mucho ha llovido ya de cuando se pronunciaron estos discursos. En Europa el sindicalismo estaba tan burocratizado y al servicio del sistema que los teóricos del socialismo de los años 60 y 70 apenas los tuvieron en cuenta en sus escritos. El sindicato apenas tiene una función secundaria. Y en caso de explosión revolucionaria (Hungría ’56, París ‘68, Bolonia ’77, Polonia ’80…) aparecen las asambleas y los consejos. Su problema es que solamente sobreviven en el conflicto y que la participación decae cuando las aguas vuelven a calmarse. Es el momento para que el estado vuelva a apoderarse de la hegemonía y disuelva el contrapoder.

Otras versiones actuales serían las cooperativas y las fábricas recuperadas y autogestionadas. Está muy claro que las trabajadoras y trabajadores pueden gestionar sus empresas. Falta, eso sí que lo hagan según un proyecto finalista concreto. Se entiende que al plantear este proyecto finalista se iniciará una contraofensiva desde el poder de la burguesía, ya que se cuestionaría el sistema entero y se propondría una alternativa. La alternativa siempre ha sido el socialismo, se le apellide como se le apellide. Y para que sea realmente transformador debe atender a unos valores y principios radicalmente democráticos e igualitarios.

En los años 70 se escribió en algunos periódicos por parte de miembros de la CNT, algún artículo reivindicando la gestión de la seguridad social por parte de los sindicatos. Esto es similar a la gestión de las pensiones y de los seguros de desempleo en los países nórdicos. De hecho, si el sindicalismo nórdico ha sido masivo ha sido por este modelo de gestión y se podría decir que el estado del bienestar que han disfrutado en esa zona se lo deben al sindicalismo (a pesar de que no se trate de un sindicalismo de conflicto si no de negociación colectiva).

¿Qué es lo deseable hoy en día?

En primer lugar se necesita ser una herramienta de representatividad de los trabajadores y de negociación colectiva. Se entiende que sin esto directamente no hay sindicalismo. Una vez logrado, se pueden dar algunos pasos en la formación de cuadros y la adaptación de estructuras para la gestión. Evidentemente esto se dará en paralelo con la implicación del sindicalismo en procesos transformadores más amplios, quizás en clave de frente común entre sindicatos y movimientos sociales, o de la alianza entre sindicalismo y movimiento cooperativista. El caso es que para ser revolucionario hay que aspirar a hacer una revolución. Pero querer hacerla sin más ni más no ayuda a alcanzar el objetivo, se requiere muchísima preparación. De ahí lo de las alianzas con otros actores. En la famosa revolución española el anarcosindicalismo se equivocó de pleno al enfrentarse en Barcelona al movimiento cooperativista. Pensaban que lo iban a integrar sin más en sus colectividades. En lugar de ello, provocaron que este movimiento se cerrara en sí mismo y que buscara partidos que lo defendieran de los intentos de absorción. Lo encontraron, fue el PSUC y lo utilizó para minar la revolución. 

Este es el reto del nuevo sindicalismo del siglo XXI.

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